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Restaurante Mas can Horta del Puig

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Ctra. Anglès, km 5, 17441, 17441, Girona, España
Restaurante Restaurante mediterráneo
8.6 (259 reseñas)

En el paisaje gastronómico de Girona, algunos lugares dejan una huella imborrable incluso después de haber cerrado sus puertas. Este es el caso del Restaurante Mas can Horta del Puig, una masía tradicional situada en la Carretera de Anglès que, durante su tiempo de actividad, se consolidó como un refugio para los amantes de la cocina casera y el ambiente rural. Aunque hoy se encuentra permanentemente cerrado, su recuerdo perdura en las opiniones de quienes tuvieron la oportunidad de disfrutarlo, dibujando el perfil de un establecimiento con un carácter muy definido, con notables puntos fuertes y alguna debilidad ocasional.

El principal atractivo de Mas can Horta del Puig residía en su propuesta culinaria. Lejos de las complicaciones de la alta cocina, aquí se apostaba por platos tradicionales, elaborados con esmero y un profundo respeto por el producto. Las reseñas de antiguos clientes coinciden en calificar la comida como "muy casera", "deliciosa" y preparada "con delicadeza y pasión". Este enfoque se materializaba en una carta que, si bien algunos consideraban de "poca variedad", garantizaba la frescura y calidad de cada plato. La filosofía parecía ser clara: mejor ofrecer pocas cosas hechas a la perfección que una lista interminable de opciones mediocres.

Una oferta gastronómica basada en la calidad y la tradición

Dentro de su oferta, las carnes a la brasa ocupaban un lugar de honor, siendo uno de los reclamos principales para quienes buscaban sabores auténticos y reconocibles. Los comensales destacaban la calidad de la carne y el punto de cocción preciso. Además de las brasas, platos como las croquetas caseras recibían una calificación de "10", y las ensaladas, como la de embutidos o la de salmón, eran descritas como "tremendas" y generosas. Esta apuesta por la calidad se extendía a detalles que marcan la diferencia: el uso de patatas naturales en lugar de congeladas, la elaboración de pan casero y el aprovechamiento de vegetales de su propio huerto, un valor añadido que conectaba directamente la tierra con la mesa.

Un aspecto curioso y que revela la personalidad de su cocina era el mencionado "toque francés", probablemente aportado por sus responsables, Eduard y Elodie. Esta sutil influencia se fusionaba con la robusta tradición catalana, dando lugar a una experiencia culinaria familiar pero con un matiz distintivo. En ocasiones, sorprendían a los clientes con elaboraciones fuera de carta, como una flor de calabacín rellena de queso, demostrando una creatividad y un deseo de agasajar al comensal.

El postre estrella: la tarta de avellanas

Si había un elemento que generaba unanimidad y se convertía casi en leyenda, ese era el postre. Concretamente, la tarta de avellanas. Mencionada repetidamente en las críticas con adjetivos como "deliciosa" o "un 10", este postre casero era el broche de oro perfecto para la comida y, para muchos, motivo suficiente para volver. Su fama trascendió, convirtiéndose en un símbolo de la dedicación y el buen hacer de la cocina del restaurante.

Ambiente, servicio y relación calidad-precio

El entorno era otro de sus grandes pilares. Ubicado en una masía, alejado del ruido y el estrés urbano, el restaurante ofrecía un ambiente de tranquilidad absoluta, rodeado de campo y naturaleza. Este emplazamiento lo convertía en uno de esos restaurantes con encanto, ideal para desconectar. El interior, con su chimenea, aportaba una calidez especial, creando una atmósfera acogedora perfecta para comidas familiares o reuniones íntimas. Además, un detalle muy apreciado por muchos era su política de admitir perros, lo que permitía a los clientes disfrutar de la experiencia junto a sus mascotas.

En cuanto al servicio, la mayoría de las opiniones son muy positivas, destacando un trato "atento", "amable" y cercano. La atención personal de Eduard, el cocinero, y de Elodie, era un factor clave en la fidelización de la clientela, que se sentía bien recibida y cuidada. Sin embargo, es justo señalar que no todas las experiencias fueron perfectas. Una crítica apunta a haberse sentido "un poco olvidados" por el personal a pesar de haber pocas mesas ocupadas, lo que sugiere que, en ocasiones, el servicio podía ser inconsistente. Este es el único punto negativo recurrente, aunque minoritario, entre las valoraciones.

Finalmente, uno de los aspectos más competitivos de Mas can Horta del Puig era su excelente relación calidad-precio. Calificado con un nivel de precios bajo, ofrecía la posibilidad de comer bien sin que el bolsillo se resintiera. Un testimonio concreto habla de un coste de 44€ por una comida completa de domingo para dos personas, incluyendo entrante, plato principal, postre, bebida, pan y café. Esta asequibilidad, combinada con la alta calidad de su cocina casera, lo posicionaba como una opción muy atractiva dentro de los restaurantes económicos de la zona.

El legado de un restaurante que ya no está

El cierre permanente de Mas can Horta del Puig supone la pérdida de un establecimiento que representaba una forma honesta y tradicional de entender la gastronomía. Su éxito se basaba en una combinación de comida sabrosa y sin pretensiones, un entorno rural privilegiado y un trato familiar que hacía que los clientes se sintieran como en casa. Aunque ya no es posible reservar una mesa junto a su chimenea, su historia sirve como ejemplo del valor de los restaurantes que priorizan la autenticidad y el cuidado por los detalles. Para quienes lo conocieron, queda el buen recuerdo; para el resto, el retrato de un lugar que supo ganarse un hueco en el corazón de la oferta gastronómica de Girona.

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