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Restaurante La Cilla

Restaurante La Cilla

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Camino de la Silla, 3, 35350 Artenara, Las Palmas, España
Restaurante Restaurante mediterráneo
6.4 (2455 reseñas)

Ubicado en un entorno que solo puede describirse como privilegiado, el Restaurante La Cilla en Artenara fue durante años un establecimiento que prometía una experiencia culinaria tan espectacular como sus vistas. Excavado directamente en la roca, su acceso a través de un túnel rocoso que desembocaba en un balcón natural sobre la cumbre de Gran Canaria era, sin duda, su mayor activo. Desde sus mesas se contemplaba una panorámica impresionante del Barranco Grande, el Roque Nublo y el Roque Bentayga, un escenario que convertía cualquier comida en una ocasión especial. Sin embargo, este emblemático lugar se encuentra hoy con el cartel de cerrado permanentemente, dejando tras de sí un legado de opiniones profundamente divididas que pintan el retrato de un negocio con un potencial inmenso, pero lastrado por graves inconsistencias.

Una Promesa de Sabor y Vistas

Para muchos de sus visitantes, La Cilla cumplió con creces la promesa de su ubicación. En sus días buenos, era considerado uno de los restaurantes de visita obligada para quienes buscaban la auténtica gastronomía local en un entorno inigualable. Las reseñas positivas hablan de una experiencia excelente, donde el trato amable y cercano del personal complementaba una oferta de comida canaria bien ejecutada. Los comensales recuerdan con agrado platos como la tabla de quesos de la zona, un contundente cachopo o unos huevos rotos servidos en porciones generosas que dejaban satisfechos a grupos enteros. Un plato que recibía elogios particulares era el conejo, recomendado por su sabor y preparación, convirtiéndose en una de las estrellas de su carta.

Estos clientes describen una atmósfera de tranquilidad, un lugar que invitaba a prolongar la sobremesa durante toda la tarde, simplemente absorbiendo la paz de la cumbre. Para ellos, La Cilla era ese sitio maravilloso al que volverían sin dudarlo, un rincón donde la buena calidad-precio y unas vistas espectaculares creaban recuerdos memorables. Incluso pequeños contratiempos, como esperas a pesar de reservar mesa, eran perdonados gracias a la buena disposición del equipo y el disfrute final de la comida y el servicio.

La Sombra de una "Pesadilla en la Cocina"

Lamentablemente, la experiencia idílica no fue universal. Una corriente de críticas muy severas y detalladas revela una cara completamente distinta del Restaurante La Cilla, una que apunta a problemas estructurales en su gestión, calidad y servicio. Varios clientes describen su visita como una auténtica "pesadilla en la cocina", una frase que resume la profunda decepción sentida al ver un lugar tan prometedor fallar en aspectos fundamentales.

Problemas de Precios y Transparencia

Una de las quejas más graves y recurrentes se refiere a la política de precios. Múltiples testimonios denuncian una alarmante discrepancia entre los precios marcados en la carta y el importe final de la cuenta. Algunos clientes incluso observaron precios diferentes para los mismos platos en distintas cartas. Al solicitar una explicación, la excusa habitual era que los menús estaban desactualizados. Esta práctica, percibida por muchos como un intento de engaño, generaba una gran desconfianza y empañaba por completo la experiencia, independientemente de la calidad de la comida.

Inconsistencia en la Calidad de la Comida

La cocina de La Cilla era un campo de batalla de opiniones. Mientras unos la elogiaban, otros la criticaban duramente. Las reseñas negativas describen una oferta gastronómica que dependía en exceso de productos de baja calidad y preelaborados. Se habla de revueltos hechos con champiñones y setas de lata, croquetas congeladas y mojo picón de bote; productos que desentonan con la promesa de platos típicos caseros. El "queso de cabra canario", que debería ser un orgullo de la gastronomía local, fue descrito por un cliente como queso de supermercado mal conservado, con los bordes resecos. El pescado del día, aunque a veces bien cocinado, no siempre era fresco, y las raciones eran consideradas escasas. Esta inconsistencia sugiere una falta de estándares y de compromiso con la calidad del producto, algo imperdonable para un restaurante con vistas y precios de gama media.

Un Ambiente de Trabajo Deficiente

El servicio también era un punto de fricción. Más allá de la lentitud, varios clientes fueron testigos de un ambiente laboral tenso y desagradable. Se reportan discusiones y un "mal rollo" evidente entre el dueño, descrito con un aspecto desaliñado, y el resto del personal, con faltas de respeto y malas contestaciones que ocurrían a la vista de todos los comensales. Esta atmósfera tóxica se trasladaba inevitablemente al cliente, generando una sensación de incomodidad que llevaba a algunos a marcharse justo después de los entrantes, sin deseo de permanecer más tiempo en el local.

Deterioro y Falta de Mantenimiento

Finalmente, el estado general del establecimiento también fue motivo de queja. A pesar de su enclave único, el interior del local mostraba signos de abandono y falta de cuidado. Los visitantes mencionan sillas rotas, desorden general con latas o incluso la compra semanal a la vista en medio del salón, y unos aseos con puertas rotas. La barbacoa, un elemento que podría haber añadido un gran valor a su oferta culinaria, a menudo estaba apagada y sin uso. Estos detalles de mantenimiento y limpieza contribuían a la sensación de que el negocio estaba siendo descuidado, desaprovechando por completo su potencial.

El Cierre de un Icono con Dos Caras

El Restaurante La Cilla es hoy un recuerdo en la cumbre de Artenara. Su historia es una lección sobre cómo la ubicación más espectacular no es suficiente para garantizar el éxito de un negocio. La falta de consistencia en la calidad de la comida, las prácticas de precios cuestionables, un mal ambiente de trabajo y el deterioro de las instalaciones erosionaron la confianza de una parte importante de su clientela. Aunque algunos afortunados se llevaron una experiencia maravillosa, la gran cantidad de críticas negativas y la baja puntuación general reflejan una realidad insostenible. La Cilla fue un restaurante de extremos: capaz de ofrecer momentos de pura magia y, al mismo tiempo, de generar decepciones profundas. Su cierre definitivo marca el fin de un capítulo agridulce en la oferta de restaurantes de Gran Canaria, dejando vacante uno de los comedores con las vistas más impresionantes de la isla.

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