Restaurante Casa Zarracina
AtrásCasa Zarracina fue durante décadas una referencia en el panorama de los restaurantes de Gijón, un establecimiento que, a pesar de su cierre definitivo, permanece en la memoria de muchos comensales. Su clausura, anunciada para el 19 de junio de 2022, se debió a la jubilación de sus propietarios, la familia Riesgo Fernández, quienes estuvieron al frente del negocio por más de sesenta años. Este cierre marcó el fin de una era para un local que formaba parte del tejido hostelero tradicional de la ciudad, despidiéndose tras casi un siglo de historia si se cuenta su trayectoria completa.
Un ambiente de sidrería tradicional
Ubicado en la céntrica Calle Ventura Álvarez Sala, a escasos metros del Ayuntamiento, Casa Zarracina se presentaba como una sidrería asturiana de las de toda la vida. El local era pequeño, un detalle que muchos consideraban parte de su encanto acogedor, pero que para otros resultaba una limitación, especialmente por la falta de terraza. Su interiorismo era sencillo y familiar, con los característicos manteles de cuadros que evocaban una atmósfera de comida casera sin pretensiones. Esta estética generaba opiniones encontradas: mientras algunos clientes la valoraban como auténtica y la describían como una "taberna de toda la vida", otros la percibían como "cutre" y consideraban que el espacio podría haber sido más confortable y cuidado.
La cocina: el mar como protagonista
La propuesta gastronómica de Casa Zarracina se centraba, como no podía ser de otra manera en una ciudad como Gijón, en los productos del Cantábrico. La base de su cocina era la calidad de la materia prima, donde el protagonismo recaía en el sabor genuino de los pescados frescos y los mariscos. La filosofía era clara: una elaboración sencilla para no enmascarar la excelencia del producto.
Los platos estrella y las opiniones de los clientes
Entre los platos más aclamados por su clientela fiel se encontraban varios clásicos de la cocina asturiana. Las reseñas destacan de forma recurrente la calidad de ciertos productos:
- El centollo: Considerado por muchos como una parada imprescindible. Su frescura y sabor eran motivo de elogio constante.
- Revuelto de oricios: Otro de los grandes éxitos, calificado con notas sobresalientes por su sabor intenso y su perfecta ejecución.
- Calamares frescos: Un plato sencillo pero que aquí alcanzaba un nivel superior gracias a la calidad del producto.
- Navajas: Mencionadas a menudo como uno de los aciertos de la carta, aunque algunas opiniones más recientes antes de su cierre apuntaban a una calidad algo más irregular.
Además del marisco, la fabada asturiana era otro de los pilares, descrita por comensales satisfechos como "bien hecha" y con un "sabor muy refinado". La sidra, de la marca Coro, era otro elemento fundamental de la experiencia, calificada como "espectacular" y un acompañamiento perfecto para la oferta culinaria.
Puntos débiles y críticas constructivas
A pesar de su sólida reputación, Casa Zarracina no estaba exento de críticas. La experiencia de los clientes no siempre fue uniformemente positiva, y ciertos aspectos de su oferta generaban debate. Un punto de disconformidad era la irregularidad en algunos platos. Por ejemplo, mientras el marisco solía recibir alabanzas, los callos fueron calificados como "muy mejorables" en alguna ocasión. Los postres también eran considerados un punto "flojillo" por algunos, que no estaban a la altura de los platos principales.
También surgieron críticas sobre la preparación de ciertos pescados, como un comentario que señalaba que unas parruchas y unos bocartes resultaron ser prácticamente lo mismo, lo que sugiere una posible falta de diferenciación en la cocina. Asimismo, se mencionaba que las raciones podían ser escasas y el precio algo elevado para la cantidad servida, una percepción que chocaba con la de otros clientes que consideraban la relación calidad-precio como buena.
Servicio y precios: una experiencia variable
El trato al cliente en Casa Zarracina parece haber sido otro aspecto con dos caras. Por un lado, muchos clientes valoraban el carácter familiar del negocio y recomendaban dejarse asesorar por el dueño, lo que indica un servicio cercano y personalizado. Sin embargo, otras reseñas apuntaban a que "la atención deja que desear", sugiriendo que el servicio podía ser inconsistente dependiendo del día o la afluencia de gente.
En cuanto al precio, catalogado con un nivel intermedio, las opiniones también variaban. Mientras algunos lo consideraban un lugar con "calidad y buen precio", otros lo describían como "no es barato" o directamente "caro" para las cantidades ofrecidas. Esta dualidad probablemente se explica por el tipo de producto: el marisco fresco de calidad tiene un coste elevado, lo que podía justificar el precio para unos, pero resultar excesivo para otros que esperaban las raciones más abundantes típicas de otras sidrerías asturianas.
El legado de un restaurante emblemático
El cierre de Casa Zarracina por jubilación fue la despedida de un negocio que, durante más de 60 años bajo la misma dirección familiar, se mantuvo fiel a un estilo. Era un restaurante donde comer sin artificios, un lugar que representaba una forma clásica de entender la hostelería gijonesa, centrada en el producto y en un ambiente tradicional. Sus puntos fuertes, como el excelente marisco y una sidra bien valorada, lo convirtieron en un favorito para muchos. No obstante, sus debilidades, como el espacio reducido, la falta de terraza y una cierta irregularidad en cocina y servicio, también formaron parte de su identidad. Su desaparición deja un vacío para los amantes de las sidrerías marineras de toda la vida, un modelo de negocio que cada vez compite más con nuevas propuestas gastronómicas en la ciudad.