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La Figal – Asturiana

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C. de Arriaza, 7, Moncloa - Aravaca, 28008 Madrid, España
Restaurante Restaurante asturiano
9 (384 reseñas)

En el paisaje gastronómico de Madrid, algunos establecimientos dejan una huella imborrable en la memoria colectiva de un barrio. Este fue el caso de La Figal - Asturiana, un restaurante que, hasta su cierre permanente, sirvió como un bastión de la cocina asturiana tradicional en la Calle de Arriaza. Quienes lo frecuentaron no solo buscaban una comida, sino una experiencia auténtica, un regreso a los sabores genuinos y a un trato cercano que hoy parece cada vez más escaso. Con una valoración general de 4.5 sobre 5 basada en más de 200 opiniones, es evidente que La Figal no era un lugar de paso, sino un destino querido por muchos.

La Esencia de un "Bar de Toda la Vida"

La Figal encarnaba a la perfección el concepto del "bar de toda la vida". Estos locales son más que simples negocios; son puntos de encuentro social, extensiones del hogar donde los dueños conocen a sus clientes por su nombre y las recetas se transmiten con un cariño casi familiar. Los testimonios de sus antiguos clientes pintan un cuadro claro: un ambiente familiar y agradable, gestionado por dueños "bastante majos" que hacían sentir a cualquiera como en casa. Uno de los anfitriones, un tal Don Jos, es recordado específicamente por su trato excepcional, recibiendo a los comensales y ofreciendo platillos a modo de botana, un gesto de hospitalidad que definía el carácter del lugar.

El ambiente era tranquilo, especialmente entre semana, convirtiéndolo en un refugio del ajetreo madrileño. La decoración, descrita por algunos como una mezcla de estilos que evocaba décadas pasadas, contribuía a esa sensación de entrar en una cápsula del tiempo, un lugar donde lo importante era la calidad de la comida y la calidez del servicio, no las tendencias pasajeras.

Un Festín de Comida Casera y Tradición Asturiana

El corazón de La Figal era, sin duda, su propuesta culinaria. Se especializaba en ofrecer una comida casera, honesta y sin pretensiones, pero ejecutada con maestría. Las raciones eran descritas universalmente como generosas, a menudo "más que generosas", asegurando que nadie se fuera con hambre. Este enfoque en la abundancia y la calidad a precios contenidos era uno de sus mayores atractivos.

El menú del día era legendario en la zona. Por un precio tan competitivo como 11,50 €, se podía disfrutar de un primer plato, un segundo, pan, bebida y postre o café. Platos como la paella, el pollo al ajillo —calificado de "buenísimo"—, el bacalao con tomate o un cordero "delicioso" formaban parte de una oferta que demostraba que se puede comer bien y barato en la capital. Esta relación calidad-precio es un bien preciado y una de las razones por las que su cierre ha sido tan lamentado.

Dentro de su oferta asturiana, destacaban especialidades como el queso cabrales, un imprescindible para los amantes de los sabores intensos. Las croquetas de jamón y la tortilla de patatas, preparadas en el momento, eran consideradas por algunos clientes como las mejores que habían probado. La posibilidad de pedir por "bocado" o por plato completo permitía a los comensales probar una mayor variedad de la carta, adaptándose tanto a un picoteo informal como a una comida completa.

El Punto Débil: Una Práctica Obsoleta

A pesar de las abrumadoras críticas positivas, existía un punto de fricción importante que varios clientes señalaron: el restaurante no admitía pagos con tarjeta. En una era digital, donde el efectivo es cada vez menos común, esta política de "solo efectivo" resultaba un inconveniente significativo. Un cliente lo describió claramente como algo "obsoleto", una práctica que chocaba con las comodidades modernas y que podía generar una situación incómoda para quienes no estuvieran prevenidos. Aunque el local solía tener el detalle de invitar a un chupito, este gesto no siempre compensaba la molestia de tener que buscar un cajero automático. Este es, quizás, el único aspecto consistentemente negativo que se puede encontrar en las reseñas, un recordatorio de que incluso los lugares más queridos deben adaptarse a los tiempos.

El Legado de un Restaurante Querido

El cierre permanente de La Figal - Asturiana representa la pérdida de uno de esos restaurantes baratos y auténticos que forman el alma de los barrios de Madrid. Fue un lugar que demostró que no se necesita lujo ni artificio para ganarse el corazón de la gente. Su fórmula era sencilla: buena comida casera, porciones abundantes, precios justos y un trato humano y cercano. Era un establecimiento abierto a toda hora, sirviendo desde desayunos por la mañana hasta cenas tranquilas, siempre con la misma dedicación.

Aunque sus puertas ya no estén abiertas, el recuerdo de La Figal perdura en las anécdotas de sus clientes. Historias sobre la espuma perfecta de sus cañas, el sabor intenso de su queso cabrales o la generosidad de su menú del día. Fue un claro ejemplo de la importancia de la hostelería tradicional, un negocio familiar que, durante años, fue mucho más que un simple restaurante: fue un hogar para muchos en el corazón de Madrid.

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