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Cal Mossèn de Das

Cal Mossèn de Das

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Carrer Rossend Arús, 3, 17538 Das, Girona, España
Restaurante
8.6 (406 reseñas)

Ubicado en el corazón de la Cerdanya, en el pequeño municipio de Das, Cal Mossèn de Das fue durante años un establecimiento que, a pesar de su cierre permanente, dejó una huella significativa entre sus visitantes. Ocupando parte de un singular edificio modernista que comparte con el ayuntamiento local, este restaurante supo combinar una propuesta gastronómica honesta con un entorno que lo convirtió en un destino predilecto, especialmente para el público familiar.

Un Paraíso para las Familias

Si algo definía a Cal Mossèn de Das era su excepcional enfoque hacia las familias. La característica más elogiada de manera casi unánime por quienes lo visitaron era su espectacular espacio exterior. El restaurante contaba con una amplia terraza que se abría a un extenso jardín con césped, un verdadero lujo en el entorno de montaña. Este espacio no era simplemente decorativo; estaba pensado para el disfrute, incluyendo una pequeña portería de fútbol que se convertía en el centro de atención de los más pequeños. Esto permitía que los padres disfrutaran de una comida tranquila mientras los niños jugaban a la vista, en un entorno seguro y espacioso. Sin duda, era considerado uno de los mejores restaurantes para ir con niños de la zona, una ventaja competitiva que supo explotar a la perfección.

La Propuesta Gastronómica: Sencillez y Sabor

La cocina de Cal Mossèn de Das se centraba en la cocina catalana y de mercado, sin grandes pretensiones pero con un claro enfoque en la calidad del producto y la elaboración casera. La estructura de su oferta giraba en torno a un menú de fin de semana, con un precio que rondaba los 20 euros, incluyendo bebidas como el agua y el vino de la casa. Esta relación calidad-precio era uno de sus puntos fuertes, ofreciendo una opción asequible para comer bien en una comarca a menudo caracterizada por precios más elevados.

Entre los platos tradicionales que conformaban su carta, algunos alcanzaron un estatus de favoritos. Los canelones, tanto los de carne como una versión más elaborada con setas, eran frecuentemente destacados, llegando a ser calificados como el "plato estrella" del lugar. La brasa también tenía un papel importante, con opciones como la butifarra, que satisfacía a los amantes de los sabores contundentes de montaña. Otras elaboraciones que recibían elogios eran el arroz de montaña, las carrilleras de cerdo, los callos o la musaca de cordero, demostrando una variedad que iba más allá de lo básico. Los postres, todos de elaboración propia, como el flan de coco, la tarta de queso o la tatin de manzana, ponían el broche final a una experiencia gastronómica satisfactoria y genuina.

Ambiente y Servicio: Luces y Sombras

El ambiente del restaurante presentaba un interesante contraste. Mientras el exterior era amplio y abierto, el comedor interior era descrito como más recogido y pequeño, aunque acogedor. Una curiosidad apreciada por algunos comensales era la visibilidad de la cocina desde el comedor, un detalle que transmitía transparencia y confianza al ver un espacio de trabajo que se percibía limpio y ordenado. El servicio, en general, era calificado como amable y atento. Varios clientes recordaban con agrado la figura del chef y propietario, quien en ocasiones salía a conversar con las mesas, explicando alguna receta y mostrando una pasión por su trabajo que contagiaba a los comensales.

Sin embargo, no todo era perfecto. El punto débil más señalado en las reseñas era la inconsistencia en el ritmo del servicio. Varios clientes experimentaron una lentitud considerable, especialmente entre el momento de sentarse y la llegada del primer plato. Esta demora podía empañar la experiencia, sobre todo en días de alta afluencia o, como sugería algún cliente, durante el segundo turno de comidas. Este aspecto representaba la principal área de mejora del establecimiento y una crítica recurrente que afectaba la percepción global de algunos visitantes.

El Legado de un Restaurante Familiar

A pesar de su cierre, Cal Mossèn de Das es recordado como un restaurante familiar que entendió a la perfección su entorno y su público objetivo. Su fórmula, aparentemente sencilla, combinaba tres pilares fundamentales: una propuesta de comida casera sabrosa y a buen precio, un espacio exterior inmejorable para el ocio infantil y un trato cercano y sin artificios. Era un lugar sin pretensiones de alta cocina, pero con el encanto de lo auténtico y bien hecho. Su ausencia deja un vacío en la oferta de Das, especialmente para aquellas familias que buscaban un lugar donde la buena mesa y el esparcimiento para los niños convivían en perfecta armonía.

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