Restaurante Alameda
AtrásEl Restaurante Alameda en Hondarribia no era simplemente un lugar donde comer, sino una institución que encarnaba la excelencia de la gastronomía vasca. Su cierre definitivo a finales de 2023 dejó un vacío significativo en el panorama culinario local y nacional, poniendo fin, al menos temporalmente, a una historia familiar de más de ochenta años y tres generaciones. Analizar lo que fue Alameda es recordar un proyecto basado en el producto, la técnica y un servicio excepcional, pero también es reconocer los aspectos que lo convertían en una experiencia no apta para todos.
El mayor activo de Alameda era su doble alma. Por un lado, ofrecía un restaurante gastronómico de alta cocina, galardonado durante 25 años consecutivos con una prestigiosa Estrella Michelin y dos Soles Repsol. Por otro, albergaba una taberna más informal, el Bar Alameda, donde se podía disfrutar de la misma filosofía de calidad pero en un formato de pintxos y raciones. Esta dualidad permitía atraer a un público diverso: desde comensales que buscaban una celebración especial con un completo menú degustación, hasta aquellos que preferían un encuentro espontáneo y relajado.
La excelencia de la alta cocina con estrella
El comedor principal era el escenario de una experiencia culinaria de primer nivel. Los hermanos Gorka Txapartegi en la cocina y Kepa como sumiller dirigían una orquesta perfectamente afinada. La propuesta se centraba en dos menús degustación, el "Hondarribia" y el "Gartzinea", que actuaban como un viaje por los sabores de la comarca del Bidasoa. La filosofía era clara y potente: "cuanto más corta sea la distancia entre la tierra y el fogón, mejor". Este lema, heredado de su abuela Julia, se materializaba en el uso de productos de una proximidad casi radical. De hecho, el restaurante se enorgullecía de que el 80% de su materia prima provenía de un radio inferior a 25 kilómetros.
Esta devoción por el entorno se reflejaba en cada plato. El restaurante contaba con su propia huerta, cuidada por el padre de los chefs, de donde salían muchas de las verduras y hortalizas que llegaban a la mesa. Los pescados y mariscos, como el txipirón o la anchoa, eran adquiridos directamente de las pequeñas embarcaciones de la Cofradía de Hondarribia. Platos como la lubina a la parrilla eran elogiados por su sabor puro y directo, mientras que elaboraciones más complejas como el arroz de pichón y hongos o el bonito del norte marinado y ahumado demostraban una técnica depurada y un profundo respeto por la tradición, herencia directa de la Nueva Cocina Vasca.
El ambiente informal de la taberna
En contraste con la formalidad del gastronómico, el Bar Alameda ofrecía una atmósfera cálida y acogedora. Aquí no se admitían reservas, fomentando la espontaneidad. La carta se componía de raciones y pintxos elaborados al momento, manteniendo siempre el estándar de calidad del restaurante principal. Opciones como los txipirones fritos, el talo de bonito con encurtidos o las croquetas de jamón permitían a los clientes saborear la esencia de Alameda sin el protocolo de un menú degustación. Era, como lo describió un cliente, el lugar perfecto para probar "lo justo, sabroso, con producto local, sin complicaciones, pero con gran nivel". La cuidada carta de vinos por copas, asesorada por el sumiller Kepa Txapartegi, completaba una oferta redonda y accesible.
Los pilares de un éxito sostenido
La longevidad y el prestigio de Alameda no fueron casualidad. Se sustentaron en varios puntos clave que, combinados, crearon una experiencia memorable para la gran mayoría de sus visitantes.
- Producto de temporada y proximidad: El compromiso con los productores locales, desde los 'baserritarras' hasta los 'arrantzales', era total. Esto no solo garantizaba una frescura insuperable, sino que también contribuía a la sostenibilidad y a la economía de la región. El comensal podía sentir el sabor auténtico del Bidasoa en cada bocado.
- Servicio profesional y cercano: Las reseñas destacan de forma unánime la atención del personal. Los camareros no se limitaban a servir, sino que explicaban con mimo el origen y la elaboración de cada plato, convirtiendo la comida en un acto cultural. La figura del sumiller era fundamental para guiar a los clientes a través de una bodega bien surtida, con especial atención a los vinos vascos.
- Consistencia y evolución: Mantener una Estrella Michelin durante un cuarto de siglo es una proeza que demuestra una consistencia a prueba de bombas. Sin embargo, Alameda no se ancló en el pasado. Supo evolucionar la cocina tradicional vasca, adaptándola con toques creativos y presentaciones actuales sin perder nunca su identidad.
Aspectos a considerar: lo no tan positivo
Pese a su abrumadora valoración positiva (4.6 sobre 5 con más de 1000 opiniones), es justo señalar algunos aspectos que podían no ser del agrado de todos los públicos. El principal inconveniente, ahora insalvable, es su cierre permanente. La noticia de que el fin de su actividad se debió a la no renovación del contrato de alquiler del local, y no a un fracaso del negocio, añade un matiz agridulce a su desaparición.
Desde un punto de vista práctico, el nivel de precios del restaurante gastronómico, con un coste por menú que superaba los 130€ sin maridaje, lo situaba en un segmento de lujo, no accesible para todos los bolsillos. Era una inversión en una experiencia de alta gastronomía, pero una barrera económica innegable para muchos.
Incluso en las cocinas más aclamadas pueden existir desequilibrios. Alguna opinión mencionaba que en ciertos platos, como uno de corzo, la intensidad de la salsa podía llegar a opacar el sabor del producto principal. Son detalles mínimos en un mar de alabanzas, pero que demuestran la subjetividad inherente al gusto.
Finalmente, la política de no aceptar reservas en la zona de la taberna, si bien era apreciada por algunos por su espontaneidad, podía resultar frustrante para quienes preferían planificar y asegurar una mesa, especialmente en días de alta afluencia.
Un legado que perdura
El cierre de Restaurante Alameda es una pérdida notable para la cocina vasca. Fue un referente que, durante décadas, defendió con orgullo el producto de temporada y la identidad de su comarca. La Insignia de Oro de Hondarribia que recibió en 2017 fue un justo reconocimiento a su trayectoria y a su contribución a la imagen de la ciudad. Aunque sus puertas en Minasoroeta Kalea estén cerradas, la influencia de los hermanos Txapartegi y el recuerdo de sus platos perduran. Queda la esperanza, manifestada por ellos mismos, de encontrar un nuevo lugar donde el fogón de la amona Julia pueda volver a encenderse para seguir contando la historia culinaria del Bidasoa.