Arallo Madrid
AtrásArallo Madrid fue, durante su tiempo de actividad en la Calle de la Reina 31, un actor notable en la escena gastronómica de la capital. Pese a haber cerrado sus puertas de forma permanente, su propuesta dejó una huella imborrable, acumulando una valoración muy positiva de 4.4 sobre 5 con casi 1500 opiniones. Este establecimiento no era un simple restaurante en Madrid, sino una declaración de intenciones del Grupo Amicalia, conocido por otros exitosos proyectos como Alabaster. Su concepto de "taberna canalla" ofrecía una visión diferente y atrevida de la gastronomía gallega, algo que atrajo a un público deseoso de nuevas experiencias.
Un concepto rompedor: Cocina gallega "contaminada"
El núcleo de la identidad de Arallo era su audaz filosofía de "cocina contaminada". Esta idea, impulsada por el director gastronómico del grupo, Iván Domínguez, consistía en tomar el excepcional producto gallego como punto de partida y fusionarlo sin complejos con influencias de cocinas de todo el mundo, especialmente asiáticas y latinoamericanas. El resultado era una carta de tapas creativas y platos vibrantes, llenos de contrastes ácidos, picantes y texturas inesperadas. El formato estaba pensado para el dinamismo: una larga barra de piedra era el escenario principal, permitiendo a los comensales observar directamente el trabajo frenético y preciso de los cocineros, quienes también actuaban como camareros. Esta configuración, complementada con mesas altas y una estética industrial, fomentaba una experiencia gastronómica interactiva e informal, alejada de la rigidez de un restaurante tradicional.
Los platos estrella que definieron a Arallo
La memoria gustativa que dejó Arallo está marcada por platos que se convirtieron en auténticos íconos de su propuesta. Las críticas y opiniones de quienes lo visitaron dibujan un mapa de aciertos culinarios que merecen ser recordados:
- Croquetas Nigiri: Posiblemente su creación más famosa. Se trataba de una croqueta de merluza increíblemente cremosa, presentada a modo de nigiri japonés, con una fina lámina del mismo pescado curado por encima. Una fusión perfecta de tradición y vanguardia.
- Tuétano a la brasa con steak tartar: Un plato contundente y lleno de sabor. La untuosidad del tuétano asado a la brasa servía como base para un steak tartar fresco y bien aderezado, una combinación que muchos clientes destacaban como espectacular.
- Dumplings de cocido: Un claro ejemplo de "contaminación" bien entendida. La esencia de un plato tan tradicional como el cocido se encapsulaba en el formato de un dumpling asiático, sorprendiendo y conquistando a partes iguales.
- Roll de rabo de toro: Otra muestra de cómo adaptar guisos clásicos a formatos modernos. La intensidad y melosidad del rabo de toro se presentaba en un formato fácil de comer, ideal para el ambiente de barra del local.
Además de estos éxitos, su carta incluía otras propuestas atrevidas como el pulpo con guiso de tendones, navajas a la brasa con wasabi, volandeiras agripicantes y una original pizza de anguila. La oferta se completaba con una notable carta de vinos, con especial atención a las denominaciones de origen gallegas, y una coctelería de autor que reinventaba clásicos con destilados gallegos, como su versión del pisco sour con orujo.
Aspectos mejorables y críticas constructivas
A pesar de su alta valoración general, Arallo Madrid no estaba exento de críticas y puntos débiles que generaban opiniones encontradas. La consistencia parecía ser uno de sus principales desafíos. Mientras algunos comensales vivían una experiencia culinaria extraordinaria, otros señalaban fallos concretos en la ejecución de ciertos platos. Por ejemplo, algunos clientes mencionaron que el tartar de carabinero se servía excesivamente frío, lo que mermaba su sabor, o que platos de verduras a la brasa, como alcachofas y puerros, llegaban a la mesa con una temperatura insuficiente. Otro punto de fricción eran las masas de algunas elaboraciones; tanto el donut de calamar como el éclair de tiramisú fueron descritos en ocasiones como demasiado duros, desmereciendo rellenos que, por otro lado, eran sabrosos.
El precio también era un tema de debate. La estructura de platos para compartir podía llevar a cuentas muy dispares. Algunos clientes reportaban una excelente relación calidad-precio, con facturas en torno a los 30-40 euros por persona, mientras que otros se encontraban con tickets que rozaban los 100 euros por comensal, una cifra que consideraban elevada para el concepto de taberna informal. Esta variabilidad sugiere que la experiencia podía resultar significativamente más cara de lo esperado si uno se dejaba llevar por las propuestas más elaboradas de la carta. No obstante, el servicio recibía elogios de forma casi unánime, descrito como profesional, cercano y muy atento, un pilar fundamental que sin duda contribuyó a su éxito general.
El legado de un restaurante que se atrevió a ser diferente
El cierre permanente de Arallo Madrid representa la pérdida de una propuesta única para quienes buscan dónde comer en Madrid. Fue un local que entendió a la perfección el concepto de restaurantes con barra, creando un ambiente vibrante y un espectáculo culinario en directo. Su enfoque en la cocina de autor, rebelde y sin miedo a la fusión, demostró que la tradición gallega podía dialogar con el resto del mundo de una forma deliciosa y sorprendente. Aunque ya no es posible visitarlo para cenar en el centro, su historia sirve como testimonio de la innovación y el riesgo en la hostelería. Arallo no era perfecto, pero su valentía para reinterpretar la gastronomía y su capacidad para crear platos memorables aseguran que su recuerdo perdurará en la escena culinaria de la ciudad.